La fiesta de rock..

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vampiro3En mi adolescencia, -de esto hace ya casi 7 años-, conocí a un chico de quien me hice muy amiga: Carlos. Aparentaba tener entre 16 y 18 años, no más. Era muy educado, culto, y tema que se tocaba tema del que daba cátedra. Llamaba la atención su sapiencia para la edad que tenía.

Un día, en una de nuestras conversaciones profundas tocamos el tema del vampirismo. Yo confesé que, -aunque me daba un poco de vergüenza decir lo que iba a decir- , y que -aunque temía él me tomara por loca-, a mí me hubiese encantado conocer a alguno. Me intrigaba mucho saber cómo eran, físicamente y si vivían de manera parecida a los humanos. El me miró serio y sus ojos se clavaron en los míos de manera profunda… y dijo: “estás con un vampiro”.

Quedé dura y estupefacta porque no sabía de qué manera reaccionar. Era algo extraño. Por un lado le creía y por el otro no. Nuestra amistad permaneció intacta, pero ese tema se acabó allí. 

Pasó el tiempo, y una noche me enteré que se llevaría a cabo un concierto de rock en un lugar parecido a un sótano. Fui vestida normal:  jeans, campeones, camisa, y me encontré con mi amigo Carlos. Me acerqué para saludarlo, pero tuvo una reacción que no entendí. Se puso nervioso, me dijo que me fuera de allí lo antes posible. Yo no comprendía y no me dejó repetir mi pregunta “¿por qué debo irme”? y casi me empujó para que saliera. Preferí obedecerle. El lugar, se estaba tornando insoportable en cuanto al ambiente. Al principio estaba todo tranquilo, y luego comencé a ver espectáculos nada gratos: orgías a mi alrededor, de las cuales hasta hacía un rato no existían… Me sentía incómoda, por lo que pensé que la idea de mi amigo de que me fuera, estaba respaldada por eso mismo que vi.

Mi amigo no me acompañó a la salida. Yo me dirigí hacia la puerta y el portero me preguntó a dónde iba. Le dije: -“me voy” y me contestó: -“pero lo mejor está por comenzar” y además –“no puedo dejar salir a nadie ya que la policía estaba rondando el lugar y podrían detenerte”.
Volví de nuevo al lugar donde se encontraba Carlos y cuando intenté explicarle no me dejó. Se puso furioso, dijo que debería irme antes de que fuera tarde…¡Pero ya era tarde!

Se empezaron a sentir gritos, y un grupo empezó a atacar a la gente, y luego otro grupo hizo lo mismo, luego me di cuenta que estaban mordiendo y lamiendo sangre de la gente que había asistido al concierto.

Carlos me dijo que la fiesta era una trampa. Sus primos la habían hecho para atrapar gente, y así tener cena segura. Carlos me cuidó durante la carnicería en que se había transformado el lugar. Cuando sus primos intentaron atacarme, decían que yo había presenciado demasiadas cosas y que sería un peligro, pero Carlos les dijo que él respondía por mí, que me dejaran en paz.

Luego, me acompañó hasta casa.
En el camino intentó explicarme, pero yo le dije que no hacía falta, que los vampiros son depredadores y yo lo sabía, y que no sería yo quien lo juzgara.

Desde ese día, nos hicimos aún más amigos.

El pago..

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Hace muchos años me jubilé o -mejor dicho-, me jubilaron; y a esa edad no podía ser mucho más que la tarea que me había asignado yo mismo para poder sacar unos pesos y llevar algo que nos permitiera, a mi familia y a mí, vivir dignamente: ser chofer de mi propio auto.

Así fue, que durante un tiempo muy largo, mantuve a mi familia con los pesos que sacaba haciendo de chofer durante todo el día.
Los días eran bastante similares. Por la mañana a veces se movía un poco, porque siempre hay quien se duerme y, para no llegar tarde al trabajo, se toma un taxi, o remise… al mediodía, no había casi clientes, pero desde la tardecita hasta entrada la noche, era cuando más dinero dejaba este negocio…

Una tardecita, una pareja de ancianos me hicieron la señal de pare. Paré y subieron al coche. Me dieron la dirección a la cual querían ir y se trataba de un lugar bastante lejano desde donde tomaron el vehículo. Se trataba de un lugar a casi cuarenta kilómetros fuera de la ciudad. Les propuse cobrarles por hora, ya que les saldría más barato. Mucho me agradecieron la sugerencia, pues no sabían que así les salía más en cuenta.
El viaje fue bastante largo y pesado, y a medida que nos acercábamos al destino, cada vez parecía más inhóspito. Lo único que se podía ver a lo lejos, como seña de civilización, eran unas pequeñas chocitas, con luz tenue que decoraban un lugar verdaderamente lúgubre.

Allí bajó la pareja de ancianos, y yo supuse que si me apuraba un poco, aún en la ciudad tendría suerte –por más tarde que se me hubiera hecho- de tener alguna otra entrada de dinero a ese día. Lo cierto es que el viaje parecía totalmente libre de tránsito vehicular, no vi un solo coche ni a medida que ingresé al destino indicado y tampoco cuando me fui, por eso me apuré, ya que creí que, solamente en la ciudad tendría clientela.

A mitad del viaje de regreso, los ojos se me cerraban del cansancio, y me pareció divisar a lo lejos, una figura masculina que tenía los brazos alzados como queriendo alcanzar el cielo. A medida que me acercaba me di cuenta que era real, era un hombre flaquísimo, y estaba vestido todo de negro.

Era muy extraño que una persona estuviera en ese lugar totalmente inhabitado haciendo dedo, pero al mismo tiempo, si bien temía un poco, me compadecí mucho de ese sujeto. Frené y él subió.

Si bien el hombre era de aspecto tenebroso, hubiera sido de muy mala persona no parar. No dijo una sola palabra en todo el viaje. Quise comenzar una conversación, pero la única respuesta que obtuve fue el sonido de una respiración tenebrosa, y al mirar por el espejo sus ojos color negro y de aspecto enfermo, se clavaron en los míos.

Silencio. Es lo único que hubo. Apuré la marcha y al entrar en la ciudad me imaginé que en cualquier momento recibiría la indicación de que me detuviera. Como seguía dentro de la ciudad, y no me dijo nada, me di vuelta para preguntarle exactamente a dónde iba. Mi sorpresa fue inmensa cuando giré y no vi a nadie en el asiento trasero. Detuve el coche, me percaté que lo hice justo frente al cementerio.
Pensé que quizá se hubiera sentido mal, y estuviera caído en el asiento trasero. No. Allí no estaba. Me bajé. Busqué, busqué incrédulo de lo que estaba viviendo, pero no…. No había nadie.

Me dirigí a mi casa con un cansancio que me hizo caer redondo y sin cenar en la cama. Al otro día, antes de desayunar, y todavía con el pensamiento del sujeto misterioso y desaparecido, caminé hacia mi auto. Era una forma de comprobar si no estaba tirado en el asiento trasero, e inconcientemente de cerciorarme que yo no estuviera loco…
Él no estaba allí. Pero… en su lugar, había una inmensa cantidad de monedas de otra época.

Me había dejado el pago del pasaje.

Curiosa por el mundo gótico..

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Siempre me sentí atrapada por el mundo gótico y con todo lo que se relacione con este. Ya se trate de esoterismo, vampirismo, sadomasoquismo entre tantos otros. En todas sus formas, siempre me llamó la atención.

Empecé por esa razón a involucrarme poco a poco en esos temas, leer libros, artículos, de ese mundo que tanto me apasiona y por ese motivo empecé a asistir a fiestas góticas. Se trata de fiestas privadas que se llevan a cabo una sola vez al mes. No sé por qué motivo, pero es religiosamente, una vez por mes y no más.

Un viernes 13, conocí a una persona en un bar, y me acerqué a él, por la manera en como lucía. Era todo un gótico. Al verlo con características Dark, obviamente la que me acerqué fui yo, y saqué el tema. Me habló de una fiesta que se llevaría a cabo ese día. Me invitó -según me dijo-, porque vio en mí, un genuino interés en ese mundo. Sino, -dijo- jamás te hubiera invitado. 

La noche y la luna llena de ese viernes 13, conformaban un escenario ideal para dicho evento. Llegada la hora me vestí, me arreglé minuciosamente para la ocasión, y salí rumbo al lugar.

Cuando llegué me gustó el ambiente, un lugar oscuro, sin electricidad y con muchas velas, que eran las encargadas de alumbrar el gigantesco salón donde se llevaría a cabo la fiesta.
Todos vestidos de negro acentuaban aún más, la misteriosa fiesta y las extrañas personalidades que allí se encontraban. Todos lucían radiantes, pero temibles, y tenían colgado en su cuello, un pentagrama con la figura del diablo. Muchísimo maquillaje en su rostro, -negro- y los labios los tenían pintados de un color rojo pero muy fuerte, que contrastaba con ese negro mortuorio…

Aquellas personas que fueron invitadas como yo, y no eran del “grupo” resaltaban justamente por llevar vestimenta “normal”. Yo no era el caso, pues, dada mi pasión por todo lo gótico, me había comprado un vestido negro, larguísimo y mi maquillaje era casi idéntico a los de los góticos puros.

Pasé a otro salón y lo que vi me dejó estupefacta: allí, con la puerta abierta y con acceso a todo aquel que quisiera pasar como entré yo, se estaban llevando a cabo orgías de todo tipo. Homosexuales, lesbianas, bisexuales que copulaban sin el más mínimo recato. Para ellos eso era una “práctica normal”, y por lo que luego me enteré se llevaban a cabo siempre en ese tipo de “fiestas”. También presencié actos de sadomasoquismo, donde los góticos se golpeaban unos a otros con cadenas, y se cortaban pequeños tajos en la piel y luego bebían su sangre.

Yo fumaba mientras miraba medio encandilada la situación y tomaba mucha cerveza. Se acercaba la hora de un espectáculo que estaba en boca de todo aquel que estaba en esa fiesta, y se trataba de un show de sadomasoquismo, pero más escalofriante aún que el que yo había presenciado en el salón de al lado.

Se apagaron algunas velas, y ante un silencio gélido apareció un hombre de estructura gigante y con su cuerpo repleto de tatuajes, y una mujer también corpulenta, con sotana negra. Entre los dos, traían a una muchacha de trece años que venía a los gritos, y pidiendo auxilio.

Obviamente mi pensamiento, al igual que el de los otros no góticos que estábamos en la fiesta, era que se trataba de una excelente “actuación” de la muchacha, mientras todos los Dark miraban con sonrisa diabólica.

Lo que vi no puedo expresarlo con palabras, pero intentaré contarlo lo mejor que pueda. El hombre y la mujer que traían a la muchacha, la soltaron por un momento. Igual no podría moverse mucho, pues tenía encadenados los pies y las manos.

En menos de un minuto, acercaron al centro del salón, donde se llevaría a cabo “el show” una toalla empapada, y también acercaron algo parecido a una reja.
Pude ver lo peor. Ataron a la chica a la reja eléctrica, le pasaron por todo el cuerpo la toalla mojada y el hombre hizo contacto con una picana hacia la reja, electrocutando a la niña.

Pero no la mató de una vez. Era cuestión de segundos lo que duraba esa escena. Esperaban que se recuperara del impacto para volver a repetirla una y otra vez.
Es indescriptible la cara de placer profundo que se veía en todos los góticos. ¡Gozaban realmente de ese espectáculo!

Finalmente, al tercer golpe, la niña cayó al suelo. Y el hombre, que junto a la mujer la habían traído, empezó a hacerle tajos en sus senos, cuello, y brazos… Una vez que la sangre empezó a desparramarse, comenzaron junto con la mujer de sotana, a beber la sangre de la pobre niña.

Disimulando mi malestar y casi a punto de desmayarme, fui al baño, con el corazón latiendo a mil por hora y comencé a sentir gritos escalofriantes que venían desde afuera. Cuando me asomé por la ventana del baño, pude ver a todos los “Dark” de la fiesta transformándose en lo que eran en realidad: vampiros. Estaban haciendo la transformación a su forma real, y dejaban ver los colmillos más blancos y enormes que jamás haya visto en mi vida.

Sus ojos eran de color rojo, y estaban bebiendo la sangre de todos los curiosos que, como yo habían asistido a esa fiesta “por invitación”. Clavaban sus colmillos en los cuellos de los pobres invitados o curiosos, era una verdadera carnicería y ya habían perdido la forma humana, porque ya los habían descuartizado a casi todos.

Por supuesto que lo primero que se me ocurrió fue salir corriendo de allí, y así lo hice, pero la enorme puerta de hierro, -la puerta principal-, estaba cerrada con llave, con un candado de tamaño gigante. De repente sentí un gran silencio. Los gritos no se oían más, y detrás de mí pude percibir una presencia. Cuando giré vi un grupo de vampiros que habían terminado su carnicería, y querían comenzar conmigo. Me mostraban sus garras y sus colmillos y no quitaban su mirada diabólica de mis ojos.
Sólo tenía una escapatoria y una esperanza: que me convirtieran en uno de ellos.

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La niña y la casa diabólica

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Las personas paseaban por el lugar investigando, observando todas las atracciones que ofrecía el lugar. La feria se caracterizaba por tener de todo, desde juguetes para los más pequeños y ropa, cerámicas, cosas para el hogar, de todo para las personas de mayor edad. No había quién no encontrara algo que le gustara allí, y esa era una de las razones, por la que siempre estaba tan concurrida.

Sandra reía bajo la ventana. Tenía ventana en su apto de un tercer piso, justo del lado que daba la feria, y era un espectáculo verla desde allí. Se divertía mucho mientras veía a los niños correr con sus globos, a las señoras regateando los precios de las telas y a los abuelos, buscando entre los ábacos de fluorescentes colores para sus nietos.

Miles de historias se sucedían en esa feria, y hasta podrían llenar la página de más de tres libros enteros. Las peleas de los chicos eran muy comunes, pero lo que comenzaría en un rato, no se lo podría imaginar nadie.

Sandra era bastante pícara y más que una niña parecía un varón. En su casa había un arma con balas de plástico que su padre tenía “muy bien guardada”, pero de tan bien guardada, y con la intención de no usarla nunca, se había olvidado de ella. Esa fue una de las razones por las que nunca descubrieron que la pistola no estaba en su lugar.
Este domingo, la diversión de Sandra haría daño a muchas, muchas personas.

Empezó a sonreír entredientes, y pistola en mano comenzó: ¡Pam! El primer disparo que dio justo en los lentes de un anciano. Tanta mala suerte tuvo el pobre, o buena suerte porque no llegó a dañar su ojo, pero dio en el armazón, que al pobre anciano iba a costarle mucho tiempo juntar ese dinero nuevamente para poder comprarlo…

Disfrutó mucho ese momento, pero el daño le pareció poco, entonces decidió hacer algo más divertido ella misma, porque ya el solo hecho de disparar la pistola no le estaba divirtiendo tanto como esperaba.

Bajó al living, y abrió el placard donde su madre guardaba la vajilla de cristal. Juntó en una caja todas las copas, – que en total eran como doce – y las subió a su cuarto. Desde allí, comenzó a tirarlas una por una, y éstas cayeron de manera vertical, y cada una de las copas estalló en mil pedazos. Su rostro se transformaba y denotaba placer, cada vez que veía sangre de las personas que las copas rotas había cortado. Rostros, pies, brazos, sintieron como los cristales se hundían en ellos, cortándolos, desgarrándolos casi, por la fuerza con que cayeron.

Para Sandra eso era una gran diversión. Se rió y rió a carcajadas. La niña diabólica tomó la última copa de cristal en sus manos para tirarla, pero la tomó con tanta fuerza que ésta reventó en sus manos cortándole los dedos, hasta las venas. Era un placer indescriptible el que sentía al ver sangre. La sangre no la detuvo, y mientras chorreaba con mucha rapidez y ensuciaba todo el alfombrado de su cuarto a ella no le importó. Sentía verdadero placer, a pesar que se empezaba a sentir mal, no paró…

Bajó como pudo hasta el living, y esta vez, al no haber más copas, tomó vasos, y uno por uno fue haciendo lo mismo que hizo con las copas. Esta vez los vasos dieron a un policía que se encontraba en la feria, justo en la cabeza, el resto de los vasos estallaron y se clavaron en los rostros de las personas que aún permanecían inmóviles e incrédulas a lo que estaban viviendo…

sangre

De pronto, la feria se convirtió en un gran alboroto. Todo el mundo comenzó a correr espantado. Se caían unos encima de otros con tal de salir lo antes posible de ese lugar diabólico.
Una mujer gritó: ¡allí arriba! La habían visto….Los vasos como auténtica guillotina cortaban cabezas, manos, pies, todo lo que encontraban a su paso.
Salió a la terraza de su cuarto como diciendo ¿y qué? ¡disfruto con esto!

Victoriosa intentó pasar al tejado del balcón de al lado, sus pasos se movían rápidamente, y de repente saltó al público! Murió de un infarto.

Nadie nunca supo si estaba loca, o una extraña enfermedad llevó a esta niña a cometer semejante destrozo. Pero los vecinos de esa niña, aseguran que todas las noches nadie se animaba a salir, porque en esa casa se hacían brujerías todas las noches y los desgarradores gritos que de ella provenían asustaban hasta el más valiente de todos los hombres…

La prima Ernestina

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enfermera

Ernestina era una prima segunda o tercera de mamá. Tenía cerca de setenta y cinco años, pero no se le notaba porque desbordaba alegría y energía. Siempre pareció más joven de lo que en realidad era por su carácter. Supo ser alma de cualquier reunión. Alegraba allí donde estaba.
Vivía sola, nunca se había casado, se supo que alguna vez tuvo una relación, pero nunca más se la vio con nadie. Ella armaba las reuniones familiares y en toda ocasión sabía hacer de esas una delicia para quienes asistieran.
Siempre supo estar cuando alguna amiga o familiar la necesitaba, o estaba triste o simplemente necesitaba un oído. Ernestina no fallaba.
Nunca se la oyó quejarse de nada, ni siquiera de que no tuviera dinero para medicamentos o para algo. Ella siempre estaba “muy bien”. Siempre venía a casa a las seis de la tarde, de visita, para ver si estaba todo bien, para ver si alguien necesitaba algo. Para “estar”. Siempre.
Pero un día no vino a la hora en que conciente o inconcientemente se la esperaba. No, no vino.

Nos llamó la atención pero antes de que nosotros llamáramos a su casa nos llamaron del sanatorio para avisar que Ernestina estaba allí, internada.
En el sanatorio nos dijeron que tuvo una descompensación y se encontraba en el CTI, muy delicada. Estuvo varios días en ese estado, hasta que un día mejoró un poco y la pasaron a una habitación común. Todos nos turnábamos para acompañarla en los horarios dispuestos por el sanatorio, y para ayudarla a comer, aunque se negaba la mayoría de las veces.

Mi sorpresa fue gigante cuando a la hora de visita y como todos los días, fui al sanatorio. Ernestina estaba sentada en la cama, sonriendo, casi riéndose a carcajadas pero lo que más me extrañó era ver que en la habitación estaba ella sola. Ella y yo cuando llegué.
A mí me ignoró por completo, y empezó o “siguió” hablando y matándose de risa vaya a saber con quién. Me vino un escalofrío, no supe que hacer…
De pronto, la habitación quedó a oscuras y enseguida volvió la luz. Se lo atribuí a una falla en la electricidad, y no le di importancia. A todo esto, las enfermeras entraban y salían de la habitación, pero parecía que no les llamaba la atención lo que veían, y que a mí me provocaba tanta inquietud. ¿Con quién hablaba? ¿De qué se reía Ernestina?
Cuando ubiqué al médico que la atendía, enseguida le plantee mi inquietud y me dijo que lo más probable fuera los efectos secundarios de todos los medicamentos que le estaban dando.
Entonces me quedé más tranquila, y los días fueron pasando y Ernestina seguía hablando con sus visitantes imaginarios, hasta que un día no soporté más que no se diera cuenta que yo estaba allí, yéndola a ver, y ella me ignoraba. Interrumpí la conversación: -“Ernestina… ¿con quién hablás?
“- Me están organizando una fiesta de disfraces…”
-“ Toda esta gente que me vino a visitar. Realmente son muy divertidos y me hacen reír muchísimo”.
“-¿Qué gente?”- dije sorprendida.
“-Todos ellos”, -dijo- sin parar de reírse.
“-Y ¿Cuándo será la fiesta?” – pregunté siguiéndole la corriente.

“Espera que les pregunte”, dijo, y miró fijamente a la pared. Giró su cabeza, me miró y dijo: -“será este domingo, a las siete y media de la tarde en punto”. “Todos están invitados, mi familia entera y mis amigas. Avísales por favor” – dijo, con una sonrisa en la boca.
“Por favor, no te olvides de Magdalena, mi queridísima amiga, y dile que será una fiesta de disfraces, y que el requisito fundamental es llevar un sombrero rojo”. “Si no llevan el sombrero rojo, no se les permitirá el acceso”.
Por supuesto, mi conciente decía que todo esto se trataba de un delirio, propio de una señora mayor, medicada, pero en mi inconciente, algo decía que debía avisarles a todos. Y así lo hice.
Al día siguiente, la encontré muchísimo más animada aún, y me preguntó de qué me iba a disfrazar para la fiesta “en su honor”.
“No lo pensé” –dije tímidamente.
“Bueno, deberías tenerlo decidido ya, pues falta poco para el domingo”, “¿Qué te parece de ángel?”
“-Está bien”, dije.
Cuando me iba, en la puerta del sanatorio había un grupo de gente disfrazada… Me di vuelta y comenté todo a una enfermera que había visto cerca de la habitación de Ernestina, y me dijo “ah…pero yo pensé que estaba mucho mejor”, “¿a qué hora le dijo que será la fiesta?
“A las siete y media en punto de la tarde”, -contesté.
-“Justo es mi turno”, dijo y agradeció diciendo que se iba a preparar “para lo peor”. La miré de soslayo pensando en la mala onda que tenía esta mujer a pesar de su oficio, y me fui.

Al otro día temprano, me dispuse a buscar casas de disfraces y buscar uno de “ángel”, tal como me lo sugirió Ernestina. Ella se merecía eso y mucho más. Costó encontrarlo, pero lo hallé. Por supuesto también el sombrero rojo, bien brillante, como me lo había sugerido. Encargué sándwiches, masas, saladitos, y también alquilé trajes para el resto de la familia. Pero me di cuenta que me había olvidado del traje de Ernestina… a ella no le había comprado ninguno. Tampoco ella me comentó en momento alguno de qué se disfrazaría…
Llegamos todos al sanatorio mientras mi madre salió corriendo a buscar el disfraz que yo me había olvidado para Ernestina.
¡Toda la familia y sus amigos parecíamos locos de remate!
Cuando abrieron la puerta de la habitación, fue gélido el sentimiento de todos, pues Ernestina no estaba. En su lugar, la cama estaba armada, sin ella.
De repente una enfermera vino y nos miró fijamente, y nos preguntó: “¿están todos prontos para la fiesta?”

¡No! Mi madre salió a buscar el disfraz de Ernestina dije yo…
- La hora señalada ya pasó jovencita, me dijo la enfermera. Queme el disfraz cuando su madre lo traiga. Ernestina sufrió un paro cardíaco, pero estará bien, ya lo verán.

Seguí su consejo, pero pensé que había algo escondido, que la enfermera sabía, y no nos decía. Algo que tenía que ver con las conversaciones y risas de mi tía Ernestina…

Quemé el traje de Ernestina, tal como me lo indicó la enfermera.
Al día siguiente Ernestina estaba en perfectas condiciones, pero muy enojada conmigo pues me decía “arruinaste mi fiesta quemando mi disfraz”.
En pocos días le dieron el alta.
Quizá en otra habitación del sanatorio estén organizando otra fiesta para otra persona.

La anciana maldita..

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anciana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mamá había salido temprano de casa, como todos los días a hacer compras. Justo desperté cuando mi celular sonó y otra vez había tenido esa maldita pesadilla.
Cuando atendí, mamá me preguntaba si no me importaba que se quedara a comer en la casa de una amiga de la infancia, que se encontró en el camino mientras hacía sus compras. Mi respuesta fue rotunda: -¡en absoluto me molesta mamá! En realidad, me venía bárbaro porque ese día, especialmente yo necesitaba algo de paz y tranquilidad y quería quedarme sola.

Decidí salir a caminar. Cuando di vueltas durante casi una hora y media, se despertó mi apetito, y paré en un local de comida rápida. Almorcé dos panchos con un refresco y tomé un helado.

Después de mi pequeño almuerzo, llamé a mamá y aún no había regresado a casa, así que fui al parque. Me senté cerca de una fuente hermosa que siempre está rodeada de flores frescas, y que es un placer el cuidado que tiene. Saqué un libro de mi mochila, leí un rato, y me quedé dormida en el césped que rodea la preciosa plaza.

Otra vez volví a tener la pesadilla que tuve esa mañana. La misma que he tenido durante años desde que papá se fue de casa. Sonó el teléfono celular, y era mamá para avisarme que ya había regresado a casa.

Al llegar a casa llamó Marianela mi mejor amiga, para ajustar detalles del viaje que haríamos en dos días a visitar a su abuela, que vivía en un pueblo que tenía fama de ser muy bonito, y nos invitó a todas sus mejores amigas.

Cuando llegó el día del viaje, mamá me llevó en el auto hasta el parque donde nos reuniríamos con todas mis amigas, y nos volvió a repetir que nos comunicáramos apenas llegáramos.
Cuando por fin llegamos estaban todas las amigas que íbamos a ese paseo: Carmen, Laura, Ana, y esperamos unos quince minutos y llegaron Marianela y su mamá.

Cuando llegamos a la ciudad, decidimos ir al cine, luego comimos hamburguesas, tomamos helado, para luego ir a visitar a su abuela. Marianela llamó a su mamá para avisarle que aún quedaban tres horas para llegar al pueblo donde vivía su abuela.

Seguimos caminando un poco más, ya que la ciudad también era muy bonita, y tenía varios parques de diversiones, y entre paseo y paseo, se nos pasó la hora. Cayó la noche y nos encontramos en un lugar que nos dimos cuenta ya no era la ciudad donde estábamos al principio. ¡Nos habíamos perdido!
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Esto era un pueblo cuyas casas parecían muy viejas, y algunas tenían el aspecto de que irían a derrumbarse en cualquier momento…
Sentimos miedo. Estábamos caminando más que en una calle, en un camino de tierra, que al final parecía conducir a un bosque. Todas mis amigas y yo intentamos comunicarnos por medio de nuestro celular para cada una llamar a su madre, y contarle el miedo que sentíamos y lo que nos había pasado. Lo único que sabíamos por un cartel deprimente que había semi colgado, con clavos herrumbrados, es que la calle se llamaba California.

Ninguna pudo comunicarse con su madre. Los celulares no tenían señales y decidimos apurar el paso hacia una casa que parecía tener una luz. Pudimos divisar la silueta de una mujer un poco entrada en años, y corrimos hacia ella.

TELEFONO VIEJO

La mujer nos miró y dejó salir una sonrisa de su rostro. Marianela le contó que estábamos perdidas y desesperadas, y le preguntó si tenía teléfono, a lo que la mujer dijo que sí. Nos invitó a pasar y al entrar pudimos notar que su casa estaba ordenada. Tenía muchos libros, flores, plantas y hasta animales embalsamados. Todo esto le daba un aspecto bastante tenebroso a su casa.

Nos guió por un pasillo muy oscuro que parecía no acabar más, hasta que llegamos a una habitación bastante oscura, donde había dos sillones, una mesita pequeña –donde se encontraba el teléfono- , y notamos que en un sillón, había una chica rubia y un muchacho pelirrojo en el otro… Ambos nos dirigieron una mirada muy triste, mientras la señora nos dijo que usáramos “tranquilos” el teléfono, que ella tenía que hacer “un par de cosas” y se fue cerrando la puerta cuando se fue.

Cuando nos pusimos a observar más detenidamente la habitación, nos dimos cuenta que allí no había ventanas. Marianela marcó el número para llamar a su mamá dos veces, pero se dio cuenta que el teléfono no tenía tono…
Esa era la única esperanza que teníamos y ahora resultaba que el teléfono no funcionaba. Ana daba vueltas y vueltas por la habitación de la cual no podíamos salir, pues la señora nos había encerrado, y encontró el cable del teléfono cortado. En eser momento oímos el sonido del pestillo y por allí apareció otra mujer, con una mirada impregnada de odio que es muy difícil de transmitir, casi inexplicable. Su sonrisa era macabra y nos miraba fijamente, nos contó darnos cuenta que esta mujer, era la casi anciana que nos había invitado a pasar, y que nos ofreció tan amablemente el teléfono.
Cuando vimos su aspecto siniestro todas nos dimos cuenta que estábamos en serios problemas.

La mujer comenzó a reír a carcajadas al ver en la mano de mi Ana el cable roto, y gritaba: -“así que ya se dieron cuenta que el teléfono no existe”….
“¡Infelices!”
- El teléfono sólo sirve para atrapar a personas ingenuas como ustedes, dijo bajo una sonrisa terrorífica.
- Ninguna persona que entró en esta casa salió con vida-, dijo la mujer, sin dejar de reír en ningún momento.

Se acercó a Ana que aún tenía el cable del teléfono en la mano, y por más que todas intentamos que la suelten, la mujer se la llevó, y cerró con llave la puerta otra vez.
Unos minutos más tarde, oímos un ruido desgarrador, entre lágrimas todas comprendimos que no veríamos más a Ana…

La fuerza de esa mujer era sobrehumana.
Al rato, se abrió la puerta, pero esta vez era la anciana que tan amablemente nos había ofrecido el teléfono. Tenía la ropa sucia de tierra, su cabello estaba despeinado, y nos miraba muy detenidamente a cada una, tal como si estuviera eligiendo un postre…

Se adelantó unos pasos y tomó del brazo a Laura, que era la que más lloraba de todas, y del miedo ésta se desmayó. Otra vez hicimos el intento de evita que se la llevara, pero fue en vano, la anciana tenía una fuerza increíble. La anciana cargó en su espalda a Laura, cerró la puerta y se fue.

Marianela y yo nos mirábamos desconsoladamente pensando en algo que pudiera salvaron, y se nos ocurrió un plan:
Cuando escuchamos unos pasos, Marianela tomó el teléfono que era muy antiguo y también pesado, y apenas ingresó en la habitación la anciana, la golpeó con todas sus fuerzas. Sentimos que la muchacha y el joven que habíamos visto, venían corriendo hacia nosotros al sentir el grito desgarrador de la anciana.

Nosotras corrimos de esa habitación con todas nuestras fuerzas, pasamos el pasillo oscuro, y sentimos unos pasos detrás de nosotras: era la chica rubia que nos estaba siguiendo. Llegamos a la puerta que la encontramos cerrada, y cuando la chica rubia casi nos alcanzó, le suplicamos ayuda, pero dijo que si nos ayudaba la anciana la mataría a ella también. Nos contó que hacía muchos años los tenía encerrados y que la anciana estaba totalmente loca.

Le volvimos a suplicar ayuda, y le prometimos que nos encargaríamos que ella y su hermano también pudieran escapar con nosotros, que buscaríamos a la policía y nos salvaría a todos. La chica se conmovió y dijo que esperaría un ratito para soltar a los perros. Abrió la puerta y nosotros corrimos, en el otro extremo de la calle se veía una silueta. Al acercarnos, noté que era mi padre. Recordé mis sueños…
¿Esto era real o no?

Desperté muy agitada y asustada, había tenido la misma pesadilla de esa mañana, en realidad la había tenido desde que papá se fue de casa.
Saqué mi cuaderno de la mochila y empecé a escribir, hasta que sonó mi celular y mamá dijo que enseguida volvía.

Al llegar a casa, Marianela, mi mejor amiga se puso a hablar de los preparativos del viaje que haríamos en dos días, a conocer la casa donde vivía su abuela.

La dama del vestido rojo..

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CAMINO_OSCURO

Gabriel era un hombre muy atractivo. Su vestimenta siempre combinaba bien: trajes perfectamente planchados, zapatos lustrados, corbatas coloridas haciendo juego con sus trajes, y un peinado que llamaba la atención por la prolijidad. Llamaba la atención de toda aquella mujer que pasara por su lado, porque dejaba el aroma de su perfume, excitante e inconfundible. Era como él.

Como todas las tardes, se dirigió al café donde junto a sus amigos pasaba largas horas de charlas que pretendían arreglar el mundo. Cuando pasó cerca de tres horas y media de conversación, se despidió de sus amigos y partió por la misma calle en la que todos los días hacía su larga caminata hasta su casa.

Sin embargo, esta vez la calle que se caracterizaba por poseer una luz tenue, hoy parecía mucho más negra. Ayudaba a alumbrarla el pequeño destello de luz de un cigarrillo que encendió, y tras dar una larga bocanada le pareció ver a lo lejos una silueta femenina. Pensó que sería su imaginación, porque a esa hora, en esa calle, la mujer debería estar loca para estar allí. Era muy oscura y peligrosa a la vez. No, no podía ser. Sería su cansancio y el alcohol que empezaba a hacer efecto… De repente un fuerte viento helado lo sorprendió y casi tiró su sombrero. Y al levantar la vista, comprobó que eso que le pareció ver, era exactamente eso: una hermosa mujer. Vestido rojo, guantes rojos, sombrero y zapatos negros, cinturón negro, parecía salida de una película, por su vestimenta y por su belleza.

muerte

A medida que se acercaba le parecía aún más bella y enseguida encendió sus dotes de Don Juan empedernido, pues era conciente que todas las mujeres suspiraban por él. No dejaba de pensar, mientras se acercaba, lo extraño de la situación, una mujer tan bien vestida, en medio de la niebla, parada en una esquina sola… ¡Es muy extraño!, -pensó-.
Se acercó y justo ella estaba por encender un cigarrillo, con pitillo, hasta ese detalle le daba un toque de fineza…Por supuesto le ofreció fuego. Ella agradeció levantando la mirada y con su voz sensual e irresistible, le agradeció el fuego que él le ofreció como buen caballero que era.

Su rostro, tapado por el sombrero apenas dejó ver ¡nada!
Esa mujer no tenía cara…Apenas se podían ver los huecos del lugar donde alguna vez hubo un par de ojos, y en la boca lo mismo. No tenía labios, el humo del cigarrillo lo exhalaba por los hoyuelos de la nariz. Gabriel estaba frente a la muerte, y por primera vez en su vida tuvo miedo a una mujer. Se desmayó de la impresión. Al otro día encontraron el cadáver de Gabriel, y así sucesivamente, por muchos meses, aparecían cadáveres de hombres desnudos en ese mismo lugar.

Pero en la misma esquina era común ver la silueta de una mujer esbelta, hermosa a lo lejos, que hacía que cada hombre se acercara para convertirse al rato de llegar a ella, en un cadáver…

La muerte en manos del amor

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pies bañeraA veces me pregunto qué les pasa a los hombres, o ¿debería decir a las mujeres?
¿Por qué somos tan estúpidas y nos entregamos al amor y junto a esa entrega damos TODO: cuerpo, alma, espíritu?

Conocí hace años por Internet a quien supuse era “amor de mi vida”. Me enamoré con el tiempo.

Sus susurros, el escuchar cosas hermosas que nadie me había dicho hasta que lo conocí a él, su rostro casi perfecto, era “el hombre ideal”. Me enamoró a los días de conocerlo detrás de la cámara web.

Tuve un novio en mi vida “no virtual”, pero no nos llevábamos muy bien. Dejábamos y volvíamos y así.

Pero al que yo sentía como “Mi amor” era a él.  Ese amor que hablaba conmigo todos los días, con quien intercambié fotos, con quien compartí intimidades, con quien mantuve charlas interminables por teléfono. Todos los días hace exactamente cinco años. ¡Cinco años! Pero hoy no será igual. No.

¡Estábamos enamorados!… Al menos eso creí hasta ayer, que me enteré que se casará con su novia. Con esa novia a la que según él,“no amaba”, porque estaba enamorado de mí. Esa novia con quien compartía vacaciones, noches de pasión, cenas románticas, y todo lo que alguien que ama espera de su pareja.

Al tiempo de conocernos, me pidió que me fuera deshaciendo de todas las cosas que me unían de mi pasado y que él haría lo mismo. Repitió una y mil veces que si bien él mantenía una relación, y se le podía llamar “novia”, ni siquiera la tocaba. Eso me dijo. Dijo que era a mí a quien amaba, y los miles de kilómetros que nos separaban en realidad servían para afianzar más nuestro amor.

¿Pero, no comprendo por qué la mentira? Porque él me pedía y exigía, -prácticamente- que me deshiciera de todo lo mío, y decía que él también lo haría… Yo cumplí con mi promesa, pero él….¡Él siguió su vida!
Siguió con su vida real, no con esa que me contaba a mi, porque era mentira que no sentía nada con su novia.

Las charlas conmigo en realidad eran el preámbulo para derramarse sobre ella después. Yo sentía que me hacía el amor tan solo hablando por teléfono, y él no hacía más que burlarse.

¡Qué irónica es la vida! Soy amiga de su novia y ni siquiera lo sabe. También la conocí por Internet.
dos vasos
Para mí fue fácil deshacerme de mi relación. Unas pastillas en una copa de Martini fingiendo una noche romántica, un “accidente” en una bañera repleta de agua y listo. ¿Pero por qué me obligó? ¿Para qué, si él siguió con su vida y con su verdadero amor?

En fin amado…. no temas, no haré ningún espectáculo en tu casamiento hoy. Por supuesto asistiré, pero no habrá escenas de celos.

Llega la hora, y me preparo para ir a tu boda –a mi funeral- debería decir. Voy. Ella me ve, y se acerca y me agradece que esté allí.

“No iba a fallarte” - le dije a mi amiga virtual…
Al verme, los ojos de él parecían salirse de sus órbitas… y yo sentí un verdadero orgasmo con su terror, porque fue justificado.

El hermoso vestido blanco de cola larga de la novia, su corona blanca, las flores blancas, y lo más cómico, el smoking de él, blanco también, se tiñeron de rojo.

¡Eso sí, mi vestido no se ensució! Porque al menos eso, rescataré de todo lo que me obligó a destruir, a deshacer y … a matar.

Curva peligrosa..

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niñahaciendodedoEl señor hacía muchas horas iba manejando sobre la carretera. Su alrededor inhóspito, y el día caluroso de enero lo invitaron a apurar la marcha para llegar cuanto antes hacia la ciudad donde se dirigía.

Hacía horas y horas que ya estaba agotado de tanto manejar, y cambió en su equipo de música, tantos discos para que el viaje sea más ameno, que ya le dolía la cabeza. Nadie, nadie lo acompañaba hacia su destino. Pero le quedaba poco para llegar. Apuró su marcha y a lo lejos, le pareció ver una figura femenina, adolescente.

A medida que se acercaba, poco a poco desaceleraba la marcha, para ayudar a esta casi escuálida jovencita que estaba parada en una esquina haciendo dedo, y no bajó su mano hasta que él llegó al lugar y pudo subir al auto.

La chica tenía pelo largo, era hiper-delgada y subió al asiento trasero. “Siempre me subo en el asiento trasero señor”, dijo. -Gracias por ayudarme-…
-De nada- dijo el señor, y preguntó curioso qué hacía por esos lugares una niña sola.
-¿Vives cerca de aquí?
- No, no vivo cerca….
En eso, se aproximaban a una curva y la chica dice: “en esta curva me maté yo”. El conductor giró su cabeza y no vio a nadie. La chica ya no se encontraba en el auto. Desconcertado por lo sucedido perdió el dominio del volante.

Se cuenta que la chica es un alma en pena, y que a cada automóvil que pasa por esa curva, le hace dedo, para que sepa y viva en carne propia, lo que ella sufrió en ese accidente…

¡Feliz Año Nuevo, mi amor!

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mujer llorando

 

 

 

 

 

 

La mujer hace tiempo sospechaba que su esposo la engañaba.
Cuando por fin dejó de lado su falta de coraje, comprobó al seguirlo, que a la salida de su trabajo, efectivamente una joven rubia besaba a su marido, como si fuera una novia en pleno éxtasis.

Tragó veneno… Se secó las lágrimas que sin permiso se instalaron en su rostro, y que no lograba secar, pues no paraban de salir, y salió corriendo de allí.

-¡Veinte años de matrimonio no se pueden tirar a la basura de esta manera! – pensaba.
-No fui una mala esposa, y me considero una mujer muy buena- hablaba sola…

Esa noche era treinta y uno de diciembre, y ya habían quedado con su esposo en que llegaría “tardísimo” porque tendría una despedida en el trabajo, con todos los gerentes…

-¡Vaya a saber cuántas de sus “reuniones” serían con esta mujer, y como una idiota no me di cuenta- se repetía una y otra vez de camino a su casa.

Creía en él porque fue el único hombre de su vida, su único novio, su esposo y padre de sus dos hijos.
Hoy todo habría terminado. Se le partió el corazón.
Tampoco podría compararse con esta rubia, cuyo físico y rostro parecían perfectos.

-¿Cómo sería yo con veinte años menos?- supongo que parecida, pensaba sin consuelo.

Llegó a su casa, se mostró frente a sus hijos como si nada ocurriera. Nadie lo sospechó. Preparó un exquisito pavo, y un postre excelente, parecía hecho por una verdadera chef profesional…

Cuando el reloj marcó las doce, brindó con toda su familia, y cuando chocó la copa con su marido, -que llegó casi sobre la hora de la cena-, lo miró de frente y le dijo que tenía deseos de hacer el amor como nunca. Que estaba orgullosa de él. Y que tenía preparada una sorpresa.

Cuando llegaron al dormitorio, una botella de champagne los esperaba de manera seductora envuelta en un mantel blanco…
Ella le dijo “espérame”, y volvió con dos copas, con su conjunto negro de encaje casi ni le cubría los pechos.

-¡Qué hermosa  estás!- dijo él, pero ella tuvo que contenerse para no vomitar en su cara.
-¡Gracias mi amor!- se limitó a contestar y decir: “-toma tu copa y brindemos antes de hacer el amor-”.

copas

Al brindar lo miró a los ojos, y le dijo que lo amó toda su vida.
Cuando brindaron, él bebió y justo en el momento en que ella debía beber, hizo un gesto de dolor y se tocó el abdomen, como si le doliera…y volcó su copa.

 

 

 

 

A los cinco minutos, el que habría caído con un dolor fortísimo y verdadero era su esposo, el champagne tenía el dolor de una mujer defraudada, y estaba exquisito, salvo que contenía otro ingrediente más: veneno de ratas.

 

Cuando él empezó a retorcerse de dolor, llegó a decirle a su mujer: -mi amor, debe ser algo que comimos en la cena que nos cayó mal”…

Ella enderezándose de su falso dolor dijo: -Efectivamente: me cayó muy mal que me engañaras…

rata muerta

Sólo se le da veneno de ratas a las ratas.


Y yo, yo -repitió-; siempre te fui fiel.