Martes, Enero 10th, 2012...1:48 am
VERANOS URBANOS: El regreso. (by Julio Fuentes Barreto)
Tras otro calvario y cayendo la tardecita nuestra familia regresa a casa, puercoespines arenados a la milanesa, sedientos, escaldados y hambrientos. El tipo le gana de mano a todos y se pega un duchazo express, prepara el mate y busca la sombra del patio o de la vereda (yor, camiseta sport –sudadera-, y chancletas sorpasso), intentando refrescar tamaña hoguera, apagar aquella quemazón camaronera de tercer grado; se durmió con los anteojos puestos y parece un negativo del zorro. Como siempre, la patrona obliga a bañarse a los guríes quedando ella para el final; acomoda el cataclismo resultante y deja el baño seco y prolijo. A partir de ese momento es cuando nuestra mujer se disfraza de femme fatal logrando una auténtica transmutación estética

Sale del baño con el cabello mojado, oliendo a conflicto; jabón, gel de ducha, Gillette-esquila, champú y acondicionador, reparador capilar, Gillette-esquila, anti transpirante, desodorante corporal, cremas, talco… casi una perfumería ambulante. El batón y el sostén emigraron a cuarteles de invierno terminando enclaustrados y olvidados, se achicaron los calzones, y de la nada brotan las soleras, shorts, minis y bambulas. Se ha producido el milagro, la metamorfosis, el despertar seductor de una mujer desafiante, dispuesta a combatir para recuperar sus desatendidas posiciones.
Aparece aquella solera floreada -primera y única, transparente de lavados-, que él supo regalarle hace ya incontables veranos, o aquel vestidito de bambula símil batik que ella misma se comprara en la última liquidación de Yaffé 8 de Octubre -hace más de veinte años que cerró-, o el yorcito cachete less que un día le regaló la inconsciente de su hermana y le costó una semana de trompa marital, o la tanga rosada –de combate-, que se estrenó para Nochebuena. Un arsenal demasiado sugerente como para pertrecharse y comparecer en la vereda, así, de improviso, frente a su abstraída pareja pidiéndole un mate con voz melindrosa y felina, como si nada: impunemente. Sorpresa y pico la del tipo. Un primer pensamiento le cruza la frente: Parece que a la Pocha le vino bien la playa, en fija quiere guerra. Yo te via´dar. Hoy justo me agarrás con todo, me agarrás. Tiene razón: señora, usted no puede meterle el gaucho de esa manera tan criminal al hombre. Esas telitas son frescas, sí, pero demasiado translúcidas para un tipo estragado.
Después que se repone de la agresión le alcanza un mate, tembloroso; el mate no, él. -¿Qué me das, viejo? Este mate no tiene agua… Ta´seco. Y él: -Ah, estée, síii… bueno lo que pasa vieja es que (tas pal crimen)… perá, perá que ya te lo cebo. Sí, eso fue demasiado señora, casi, casi un ataque a traición. Y ella como si nada, -¿Viste para donde se fue el Tito con la bici? Qué Tito ni qué bici, qué mate ni qué carajo a la vela… ¿De dónde salió este pedazo de mujer? ¿Éste camionazo se acuesta conmigo todos los días y nadie me avisó nada? Ella paladea el impacto que ha provocado, se divierte y regocija disfrutando, desquitándose por tanta gimnasia visual que él malgastara sobre las arenas; de aquí hasta la hora de la cama va a hacerle sentir el castigo. -¿Qué vas a cenar?
-(A vos, en dos panes te voy a cenar) -Algo livianito nomás, Pochi, ¿Pochi? – y que los botijas se me acuesten temprano. No sé de dónde sacan tantas energías, qué los parió, estos guachos son de fierro. Son las diez menos cuarto y el sol todavía remolonea la despedida; pero para el tipo que relojea la cama la noche está ahí nomás, al caer, ya caída, ¡bah! -Es temprano todavía, dejálos que miren un poco más de tele, ¿qué apuro tenés? No, apuro no, ¿quién está apurado, ché? ¡Qué va! Está sumergido hasta el cuello, casi ahogándose, en una intransigente angustia hormonal.

Son casi las once y nada, los guríes con los ojos como el dos de oros, y para peor en poco rato comienzan los programas veraniegos desde nuestro principal balneario. Delicada y paternalmente los manda a la cama: -Tá, se terminó la tele, basta. A dormir dije, ¡carajo! Al acecho el hombre aguarda, reservándose para sí solo ese desfile delirante de carnes extranjeras -argentinas, brasileñas, latinas, gringas-, colas less, fio dental, broncíneos cuerpos boludeando de lo lindo, trolas de todo pelo y raza, princesas y condesas ajadas calveando a mansalva, periodistas improvisados de sonrisa plastificada recreando entrevistas libretadas en los ochenta y fotocopiadas indefectiblemente verano tras verano. Pero para nuestro espécimen varonil lo más importante son los panneos de lomos relucientes y adobados, sazonados con bobaliconas musiquitas setentonas, algún topless escurridizo y taimado tomado con teleobjetivo en Chihuahua; algún primer plano pepón. ¿De dónde salen estas minas? Razona el tipo, ¿quién se manduca esas lobas, quién las atiende? Y en tren altruista se dispone a filosofar: Yo les haría la pierna, me ofrecería honoris causa, mirá, porque esos mariposones que las soban, bueh, qué querés que te diga, esos figurines están pa´hacerlas desear, pobres… en cambio uno, ¿sabés cómo las…?
-¿Y vieja?… Para cuando? Reclama impaciente y sudoroso desde la cama: -¿Hoy no pensás acostarte? Qué… ¿te vino el insomnio, te vino? Y desde el patio llega un apático: -Hace mucho calor, ese cuarto es un horno, después voy… La angustia le torna romántico: -Dale mi amor, vení de una vez -e intenta coagular el argumento con: -Tengo el ventilador a full. Dale. Sus apremios se estrellan, vidrios rotos fragmentándose ante la real y fatídica sentencia: -Ese ventilador es una porquería, no sirve para nada, sólo mueve el aire caliente. Voy después, cuando refresque un poco más. ¿Te olvidaste que estás de licencia? No tenés que madrugar, ¿qué apuro tenés? Chau pinela, cerrá atrá y vamonó.
El tipo ha craneado toda clase de argucias sin éxito, desea encontrar una estrategia más efectiva, algo, pero el calor le impide crear. Finalmente descubre el juego: Ajajá, con que ésas tenemos… ya sé, la Pocha está caliente por el tema de las minas de la playa, ¿y yo qué culpa tengo? Soy hombre ¿no?, tengo derecho a disfrutar del paisaje, ¿o voy a mirar machos? Así que mi negrita está celosa… tá de viva… tá bien. La voy a hacer desear. Y simula dormir mirando la televisión con los ojos entrecerrados; tampoco vuelve a requerirla.
Allá como a la una y media de la mañana, una hora de silencio después, la mujer decreta el cese de hostilidades: da por terminado el suplicio. Entra al cuarto y se desviste.
El tipo yace totalmente desnudo, un elefante marino roncando panza arriba, está realmente fusilado. Desde la tele y hacia el desierto nocturno un pastor con acento abrasilerado declama, pontifica, combate y expulsa espíritus malignos como quien toma mate. Creo que me pasé en la penitencia, piensa ella compasiva: al final se quedó dormido nomás, pobre. Disfrazada de Eva se acurruca contra él, alimentando vagas y escasas esperanzas, y así la encuentran los primeros tintes rosados de la aurora. Ilesa.
Ya ve, todo tiene un límite señora.
Gracias por acompañarme y en cualquier momento la seguimos. ¡Feliz veraneo!
© Fotografía del autor.
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