Lunes, Enero 2nd, 2012...14:53 pm

VERANOS URBANOS: Bajos instintos. (by Julio Fuentes Barreto)

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Cuando en el área metropolitana comienzan a apretar los primeros calores decembrinos, gran parte de las criaturas humanas pertenecientes al erróneamente llamado sexo débil,  recién toman verdadera conciencia de su rol femenino. Durante los restantes nueve meses del año son amas de casa comunes y silvestres (batón, ruleros y chinelas,  equipo deportivo y championes) que chancleteando todo el tiempo, entre los chiquilines y la escuela, los mandados y esos mil quehaceres inherentes al mantenimiento  hogareño, cuando quieren  acordar se les ha esfumado la coquetería y el día entero. Y también la noche que – según ellas alegan- , debería utilizarse para descansar. Respecto al mejoramiento estético y cuidado de la figura, del buscar potenciar su sex appeal, nada; tampoco considera pertinente sugerir instancias algo más comprometidas con el ecosistema varonil, o sea, de “aquello” casi nada: apenas se limita a cumplir con la ínfima dosis de libídine semanal, cometido intrínseco de la relación, aunque sin mucho entusiasmo que digamos.

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A su vez, los tipos no son beneficiados por influencias exógenas que los conviertan en fogosos artesanos capaces de hacer delirar a sus parejas y hasta suelen esgrimir excusas tales como: ta´ bravo el invierno, hace demasiado frío, y pa´mejor la humedad… vos sabes… Las variables térmicas, típicas de nuestro país esquina balcón al mar, desestiman cualquier calistenia o movimiento gimnástico, por leve que sea propicia molestias articulares, futuras artritis, artrosis, reumas y todo eso. No hay caso, nuestras condiciones atmosféricas no resultan motivadoras para tales eventos, donde para conseguir excelentes resultados el flujo sanguíneo debe llegar a cierto grado de ebullición, irrigación  y temperatura, como acontece en las zonas tropicales. Lo dijo nuestro presidente Mujica hace escasamente un mes luego de observar los primeros datos del último censo: “Somos un país de viejos”,  (¡peor!; somos 28.000 menos que hace siete años.) Y nuestra mediocre latitud geográfica -entre otras-, es una de las causas del bajo índice de natalidad uruguayo, comparable al de los países nórdicos, y a los más desarrollados del primer mundo. Bueno, es en lo único que nos parecemos; en el subdesarrollo del desarrollo. Sacuda la sesera y repase dentro de su familia; haga memoria de los onomásticos, y verá que no es casual que la mayor parte de los embarazos se produzcan en el trimestre, diciembre, enero, febrero y por consiguiente la mayor cantidad de nacimientos ocurran  entre setiembre y diciembre. Y si… señora, es el calor… ¿qué le va a hacer?

Es durante el verano, y si viene caluroso peor -del veinte de diciembre hasta que finaliza carnaval-, cuando las condicionantes anteriormente referidas dicen presente por estas comarcas. Con la mente alerta -el músculo no duerme ni la ambición descansa-, el tipo regresa a sus instintos primitivos, al cerebro corteza reptil, en virtud de las infinitas motivaciones y estímulos que le agobian y en las cuales se ve inmerso y bombardeado sin misericordia por todos los flancos. Es que junto con los jazmines inundando las nochecitas estivales, y las sillas en las veredas huyendo de los vapores concentrados de los cuartos –salen chechas bien frappé-  aparecen las sensuales transparencias de recicladas bambulas y batiks –¿antigüedad? veinte años por lo menos-, las soleras de largo tajeadas hasta el muslo, los yorcitos cachetones, caderas, pancitas  y ombligos al natural, el olvido consciente y perverso de sostenes y la notoria disminución de prendas íntimas hasta quedar condensadas en tangas de guerra.

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Siempre que el fin de semana lo amerite, haciendo de tripas corazón y para cambiar de aire, el tipo agarra la patrona y los pibes, arma el bolsón con toallas, refuerzos y algo de fruta, saca del congelador las botellas de jugolín, vuelca las cuatro cubeteras en la conservadora, enrolla las esteras, aferra las sillitas plegables y la sombrilla y cargado como un camello emigra hacia las arenas de la costa más cercana. Costa que suele estar a más de dos horas de distancia y no por que deba trasladarse hasta la Punta -jamás, ¿qué es eso?- sino que nuestra familia tiene el inconveniente irreversible de residir en barrios mediterráneos, bien al norte del departamento, como ser: La Paz, Manga, Melilla, Colón, Sayago, Peñarol y por allí no existe más costa que la de un par de arroyuelos contaminados: cursos espesos de líquidos  inmundos. (*)

Después de atravesar todo el mapa horneado en familia dentro de un microondas del transporte metropolitano, veintiocho asientos y doscientos ochenta pasajeros hacinados – o chacinados-, el tipo y su tribu finalmente arriban a destino. Apenas cruza la rambla, y cuando todavía ni siquiera  clavó la sombrilla, comienza a padecer y transitar su via crucis.

De pronto se encuentra agobiado, atropellado podría decirse, por todos aquellos kilómetros cuadrados de piel que miserablemente le fueron escamoteadas durante interminables y nefastos períodos invernales; epidermis que estuvieron disimuladas y soterradas de manera vil -bajo telas bastas y pliegues  infames-, por esas féminas de aviesa calaña, edad, pelo y marca; por las verdaderas mujeres asesinas, ¡bah! Delirante, el tipo comienza a observar, ver y apreciar, tamaña vidriera de carnes de exportación apenas cubiertas por irrisorias tirillas y ridículos triangulitos de tela, que desearía gritarles. – Asesinas! Son unas hijas de… Sus ojos trabajan a destajo scaneando cada protuberancia o concavidad, la sinuosidad de cada perfil, sin interesar la franja etaria a cual pertenezca el objetivo; tanto marchan a las brasas gurisas de quince bien desarrolladas como ciertas veteranas de sesenta y pico en pleno rodaje que aun conservan el chasis cataforizado.

Triste regreso a la realidad. Mira hacia el costado y lo que ve bajo la sombrilla no consigue entusiasmarle demasiado, diríamos que no le satisface nadita. Y sí… la patrona se encuentra algo pasada de kilos; hoy temprano estuvo renegando más de una hora para incrustarse, o embutirse, en la malla enteriza. Bastante confundida había comentado: No sé que le pasó, ¿habrá encogido? Porque el año pasado me quedaba justita. El año pasado, señora, usted no tenía esos invernales siete kilitos de más adheridos justamente a esa franja abdominal, ecuatorial y  peligrosa. No se la agarre con la pobre malla que aún al límite de su resistencia hace lo que puede; la tensión combinada de licra y costuras resulta insuficiente para compactar esos rollitos -según ella-, michelines -según los gallegos-, o salvavidas según nuestra expresión más autóctona. Nada que ver una cosa con la otra -piensa el tipo retomando su rol de observador calificado-, resulta imposible confundir caviar con burriqueta, y al ser pescado “in fraganti” se liga un rotundo  pellizco. La patrona no entiende: aunque el tipo sea casado sus ojos seguirán siendo solteros. De por vida.

En una próxima entrega  veremos que sucede cuando el tipo y la familia regresan a casa. Gracias por compartirlo y ¡Feliz veraneo!

(*) Otro típico melodrama urbano que desarrollaremos en futuras crónicas.

© Fotografía del autor.

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